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EL PODER DE LA DESINFORMACIÓN

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La sociedad de la información basura es un hecho que nos responsabiliza

Siglos de desarrollo y estudio han dado como resultado la constatación de un hecho: la sociedad actual es la más informada, gracias en gran medida a la aparición de múltiples canales por los que circula el flujo de noticias.

¿Alguien dijo “la sociedad mejor informada” o, simplemente, “la más informada”? En ese caso, debemos ser conscientes de que “cantidad” no es sinónimo de “calidad”, por lo que más información no es sinónimo de mejor información.

En pleno siglo XXI, a punto de llegar al primer cuarto de su caminar, presumimos de canales ilimitados para estar informados. La cuestión es si realmente todos ellos son válidos o, por el contrario, su partidismo, su osadía premeditada o, simplemente, su truculenta estupidez a la hora de interpretar y, lo que todavía es peor, generar noticias, desemboca en una cruda realidad: todo vale para mostrar la cara más oculta, o inexistente, como la más visible para nuestros ojos. Y es aquí donde aparece el receptor de noticias, el destinatario de las mismas.

Nuestra capacidad para mirar se ha mostrado como otra de esas cualidades infinitas en el ser humano, para la cual no requiere esfuerzo alguno. Teléfono móvil en mano, somos capaces de agotar nuestras horas de actividad clavando la mirada en las curiosidades mostradas a través de su pantalla, especialmente a través de las redes sociales. Desplazamos los contenidos que aparecen una y otra vez, saltando de red en red mientras el tiempo pasa. Toda esa cantidad de información llega a nuestras retinas, sí, pero… ¿cuántos de los textos, fotos o vídeos mostrados calan en el cerebro? Si has respondido “los más sorprendentes, llamativos y espectaculares”, ¡has acertado! Esa es la sociedad de la información actual, aquella que reacciona ante potentes estímulos, la que centra su atención en lo excepcional, lo macabro, lo antinatural, lo imposible. Sea o no verosímil, cala y, una vez conseguido, el objetivo del productor de la noticia se siente satisfecho: su trabajo ha logrado los frutos deseados.

Redes sociales, webs de penoso reconocimiento en diferentes sectores y espacios de opinión canalizados a conciencia han forzado, casi en la práctica totalidad, la retirada de la otrora sempiterna prensa en general, sobre todo y en especial la denominada amarilla. Ahora es más fácil llegar a grupos de opinión, una en concreto, a través de medios digitales. Así es la grandeza de las nuevas tecnologías que, bien empleadas, nos hacen la vida más fácil para unos, mientras que para otros se convierte en el altavoz perfecto para hacer llegar, para priorizar, su particular corriente de opinión. Basten como ejemplos los falsos perfiles de redes sociales dedicados a ensalzar las virtudes de este u otro partido político, aquél o aquellos gurús de los mismos, líderes de opinión con mayor o menor fortuna. ¿Puede producir mayor tristeza este comportamiento?

Mucho hay que temer que no dejará de perfeccionarse por los siglos de los siglos. El ansia de poder, la avaricia por tener en la mano la varita de la economía, convierte al ser humano en un individuo altamente informado en cantidad, que no en calidad; pero si no dedicamos tiempo y esfuerzo en educar a las nuevas generaciones, la sociedad “borreguil”, más todavía de lo que viene siendo desde el invento de la imprenta y la concepción, falsa o manipulada, de la economía de mercado, crecerá a ritmos disparatados sin ser capaz de discernir entre lo verdadero y lo falso, lo auténtico de lo prefabricado, lo elaborado de forma profesional de la basura mediática.

La desinformación siempre fue un hecho evidente, de la mano de la propaganda para fines nefastos. Lo peor es que todo esto, hoy día, lejos de desaparecer, se ha convertido en algo tan sencillo como tener un teclado, un ratón y una conexión a internet. Nunca fue tan sencillo globalizar la mediocridad.