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LAS INCERTIDUMBRES DEL CAMBIO

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Existe un largo listado de expresiones más o menos acertadas. Claro, proviniendo del ser humano, cualquier cosa se puede esperar. Una de ellas atañe a lo que aquí hablamos en esta ocasión, “la zona de confort”. Se dice que el hombre se acostumbra a una situación, tirando a cómoda, y que sacarle de ella le crea incertidumbre; visto desde este prisma, parece que todo sale solo, como por obra divina, y que el trabajo, los planes de estudio, los proyectos de trabajo o incluso hacer la compra son actividades que se realizan en “piloto automático”.

A incongruentes no nos gana ningún ente terrenal, cósmico o por existir. Sin embargo, es esa temible incertidumbre frente al cambio lo que nos atenaza frente a nuevos retos… o tal vez no. Pensemos por un momento, abstrayéndonos de la sandez de la indicada zona confortable, en lo que impide el hecho de que disfrutemos de un mundo mejor. Comentan que los gases provocados por los vehículos crean un efecto invernadero que favorecerá la proliferación de enfermedades respiratorias. Incluso se dan alarmantes cifras que lo corroboran desde años atrás. ¿Y qué hace el hombre para evitarlo? Seguir produciendo vehículos que nos asfixian o, peor aún, falsear los índices de homologación para colocarlos en la calle como “seguros y comprometidos con el medio ambiente”. Grandes marcas lo hacen, se les da un tirón de orejas desde los altos organismos y… a por más vehículos “friendly”.

Las mismas potentes firmas aseguran invertir en lo que parece será el futuro de la automoción, el vehículo eléctrico. A día de hoy, dicho artefacto no pasa de ofrecer unas prestaciones ajustadas, una autonomía en la misma línea y, lo mejor de todo, un precio al alcance de todos los bolsillos que, eso sí, perciban un sueldo anual en consonancia con lo que requiere la inversión en su compra. ¿Por qué son tan nimios los avances en esta materia? ¿Hay intereses por medio? ¿Qué nos están preparando para el futuro? Y si la situación es tan acuciante en cuanto a crisis medioambiental global, ¿por qué no se reacciona con mayor celeridad o eficacia… o seriedad?

Después de todo esto, uno ya no sabe qué pensar, si nos encontramos en una zona de confort, si estamos en una zona de desinformación permanente en la que a cualquier argumento se le otorga validez con un puñado de cifras manipuladas, o tal vez la estupidez humana realmente es infinita y nunca dejará de sorprendernos con actitudes como estas y otras tantas. Estupidez, mediocridad, falta de preparación cognitiva, redes sociales para la gran masa… ¿No será que los que de verdad se encuentran en una zona de confort son aquellos que son cada vez más ricos? El resto, el pueblo llano, se posiciona cada vez más en terreno de nadie, o habría que decir que donde realmente está es en sus manos, que viene a ser lo mismo pero con otras palabras.

Ver para creer. Nos venden desplazamientos sostenibles y lo que consiguen es ahogarnos en nuestros propios gases. Barcos transoceánicos y vuelos regionales contaminan lazando niveles escandalosos de veneno en el aire y nada sucede. Buscan que dejemos la moto en casa para no usarla en pequeños, o no tanto, itinerarios urbanos porque “contamina” y aquí no pasa nada. Una vez más, benditos políticos. Pobre democracia.

Sí, nos han visto cara de despistados. Se han dado cuenta. Debe ser que no queremos salir de nuestra zona de confort acolchada de mediocridad. Y qué fácil les resulta aprovecharse de ello. ¿Nos quitará también la ilusión por coger nuestra moto y sentirnos libres por un instante? De nuestra reacción depende anular su intento de llevarnos a su particular zona confortable, ampliándola todavía más a nuestra costa.