NO SE VE, PERO SÍ SE NOTA

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Está claro que son tiempos difíciles para la economía nacional. Hay quien pretende explicar todo lo contrario: crecimiento, salida de la crisis, mayor ocupación laboral, etc. Buenas palabras que no desmienten la realidad, pero que no la corroboran en su totalidad.

Ejemplos hay tantos como longanizas, pero como lo nuestro son las motos, allá vamos con ciertas perlitas que no deberían pasarse por alto, sobre todo en según qué casos. Uno de ellos es la irrupción de la tecnología china “de precio asequible”. La posibilidad de conducir una moto con el carné de coche ha abierto las puertas al mercado más rocambolesco jamás conocido dentro de nuestras fronteras. Sí, todos recordamos que nuestras añoradas marcas españolas del pasado siglo nos sirvieron para adentrarnos en este maravilloso mundo del pilotaje sobre dos ruedas, pero también nos aportaron muchos dolores de cabeza la falta de fiabilidad y calidad de sus componentes.

Eran otros tiempos, bastante lejanos ya en nuestra memoria, pero a pesar de que existieron y debimos aprender de lo vivido, volvemos a caer en el mismo error 50 años después. Ahora vemos una moto de origen cien por cien chino por menos de 2.000 euros y se nos salen los ojos de sus órbitas. ¿Alguien espera un rendimiento no ya solo duradero, sino digno de alabanza de un producto así? La cifra es una mera referencia. Búsquese otra y aplíquese idéntico argumentario con pocas modificaciones.

Que esto tenga su explicación es, en cierto modo, lícito. Alguien se está beneficiando de la tan vergonzosa pero no por ello incuestionable explotación laboral, ya sea aquí o allá. Unos trabajan mintras otros “se lo llevan calentito”, y algún nacional hasta se gana un pico al final de la cadena de consumo. Si el que picas eres tú, mala suerte… o falta de información. Pero claro, si comenzamos a hablar de marcas de mayor relumbrón, la situación da un giro sorprendente, o tal vez no tanto, atendiendo a la explotación laboral derivada de una loca e incongruente economía de mercado que transcurre a una velocidad ridícula. Ahora bien, el damnificado final seguirá siendo el de siempre, el que paga pensando que tiene en su poder un vehículo digno de lo desembolsado. ¿Es esto siempre cierto?

Por desgracia, no. Lejos del ejemplo chino, no necesitamos ir tan lejos para encontrar ciertas similitudes que acarrean, atención, mayor inversión. Hablamos de marcas asentadas a las que los tiempos de desarrollo de sus modelos, las calidades de los materiales empleados en su concepción o simplemente los márgenes inicialmente establecidos, no concuerdan con el resultado final obligado: una moto fiable y digna merecedora de lo que pagamos por ella. Los últimos casos conocidos de modelos como la BMW S1000RR o Ducati Panigale de última generación, son dos tristes ejemplos de esta loca economía de mercado que nos manipula como marionetas. La alemana ha tardado en llegar en su versión 2019, pero ya se conocen las causas: defectos en su rendimiento y fiabilidad. La italiana, pese a demostrar un potencial excelente en competición, sin embargo las unidades despachadas en sus concesionarios han sufrido multitud de campañas que han acabado por aburrir a más de un cliente, con continuas visitas al taller para subsanar otros tantos “fallos de juventud”.

En tiempos, era la marca la que se encargaba de desarrollar sus motos, no los clientes con la venta de modelos aparentemente “testados” y listos para su comercialización. Si nos tenemos que remontar a la época de posguerra española, cuando ni siquiera las principales firmas españolas disponían de materiales para terminar una unidad para ponerla a la venta, en parte por los cupos de importación de la vieja dictadura franquista que limitaba la expansión del producto patrio a pesar de sus proclamados, a bombo y platillo, “planes de desarrollo”, es que algo falla en nuestra actual sociedad de consumo.

Dicen que el capitalismo es el peor de los males y el tan cacareado liberalismo económico puede llegar a provocar estos “defectillos de forma”. Hoy, en pleno siglo XXI y gastándonos más de mil euros por un teléfono fabricado en china, todavía pensamos que cualquier cosa que compremos, con mayor razón si es cara, será porque lo vale. Y nos lo creemos.